Aranjuez fue durante siglos uno de los Reales Sitios de la Corona española, un lugar de estancia estacional de la Corte. Bajo Carlos III el Real Sitio vivió una transformación profunda: crecimiento urbano ordenado, nuevos equipamientos y una idea ilustrada de ciudad al servicio de la Corte y de sus habitantes.
Un teatro para el Real Sitio
Las estancias cortesanas generaban una demanda continua de entretenimiento. Tras autorizarse en 1765 las representaciones en casas particulares, Carlos III decidió dotar a Aranjuez de un teatro estable para óperas y comedias. El edificio forma parte del mismo impulso que llevó a levantar espacios permanentes de cultura en otros Reales Sitios.
Vida de Corte y vida de ciudad
El teatro nació ligado a la Corte, pero con el tiempo se convirtió también en sala para el público de Aranjuez. Esa doble condición —espacio cortesano y espacio ciudadano— explica buena parte de su historia posterior.